jueves, 4 de mayo de 2017

La sociedad infantilizada



La sociedad infantilizada

¿El fin de lo humano?
Por JOSÉ LUIS CANO GIL
Todos sabemos que, bajo otras apariencias, la prioridad consciente o inconsciente de los estados no es favorecer sociedades libres, sino pueblos divididos y asustados a fin de explotarlos mejor mediante todo tipo de controles (leyes, reglamentos), "seguridades" (garantismos, restricciones), "socializaciones" (masificación de todas las actividades), "informaciones" (adoctrinamiento en todos los aspectos de la vida) y "entretenimientos" (ultratecnológicos). Lo que se busca es, en definitiva,  la total dependencia de las personas del dominio estatal. O, en términos psicológicos, la infantilización social. De este modo, la mayoría de gente no puede madurar psicoafectiva, intelectual y moralmente ni tiene, por tanto, la menor posibilidad de ser genuinamente libre. Simplemente, se la cultiva como a millones de abejas que zumban, se agitan y sueñan que "eligen"... lo que sus colmeneros deciden todo el tiempo por ellas. Por eso, en mi opinión, no sólo la libertad, sino el amor e incluso el espíritu humano están en máximo riesgo de extinción.
Uno de los requisitos esenciales del amor es, como sabemos, la libertad interior. No la libertad de no estar en la cárcel, o las libertades políticas para esto o aquello, etc., sino la libertad psicológica de vivir tus propios sentimientos, ideas y decisiones sin grandes condicionamientos internos (neurosis), y pese a las incesantes manipulaciones de tus granjeros. Dado que el amor consiste precisamente en promover el libre y peculiar desarrollo integral de las personas (y de uno mismo), ¿cómo podría cualquier abeja-títere, inconsciente de serlo, amar? Las marionetas no son autónomas. Por eso no conocen el amor... y ni siquiera están vivas.
La sociedad infantilizada es, por definición, demandante y paranoica. Como sus explotadores la enajenan sin amor alguno, los individuos se sienten emocionalmente tan vacíos como furiosos. Por ello exigen sin cesar toda clase de gratificaciones, de las que nunca tienen suficiente. Es una sociedad ávida, envidiosa, adictiva; lo quiere "todo" porque su alma no tiene nada. Por eso es también paranoica, ya que, dada su incapacidad emocional de soportar cualquier carga, cualquier frustración, cualquier responsabilidad, sólo puede proyectar al exterior todas sus virtudes, hostilidades y errores, y aferrarse a victimismos y acusaciones. De este modo, todos los problemas, todos los culpables, todos los remedios, todos los salvadores parecen provenir de afuera; exclusivamente del exterior. Nunca de los propios miedos, deseos, egoísmos, conflictos y responsabilidades de las propias abejas hipnotizadas.
Esta sociedad infantil, que ansía ser "protegida" por los mismos poderes que la devastan, no logra despertar, ni amar, ni responsabilizarse de casi nada. No puede soportar cualquier cosa que exiga conciencia, esfuerzo, autodisciplina, o que no sea fácil, rápida y amena. Vive la responsabilidad como una dolorosa privación, como otra injusta e innecesaria frustración, pues... "¡ya ha votado a otros para que hagan los trabajos!". Así que la mayoría de gente delega perezosamente en terceros (políticos, escuelas, guarderías, médicos, psiquiatras, legisladores, jueces, empresarios, expertos, instituciones, administradores de todo tipo) infinidad de responsabilidades que, en rigor, sólo les corresponde a la gente misma. Se quejan de no ser libres, pero entregan fácilmente su poder a los mejores y más astutos postores. Y éstos, encantados, pues en ello consiste precisamente el Negocio Social.
Pero ¿son compatibles la libertad, el amor e incluso el alma humana con nuestras jaulas de oro y soledad, cada vez más vigiladas desde todos los ángulos por toda clase de agentes, funcionarios, policías, ojos electrónicos, bases de datos, desinformadores, propagandistas y redes mundiales inteligentes? ¿Podrá una sociedad pueril, asustada y explotada hasta la médula despertar algun día del inconcebible abuso al que la someten sus granjeros? (La supertecnología parece su arma definitiva, como se ha visto una vez más, p. ej., en el reciente "Mobile World Congress Barcelona de 2016", etc.). Personalmente, no puedo imaginar un mundo huxleriano-orwelliano (es decir, abrumadoramente colectivizado, interconectado y simbiotizado con toda clase de máquinas) donde los individuos al "viejo estilo" (capaces de experimentar sentimientos, pensamientos y decisiones relativamente propias, dotados de verdadera identidad y libertad) no sean cada vez más raros e innecesarios... Y acaso perseguidos.
El amor como valor cultural es históricamente, a mi juicio, un desarrollo del cristianismo que, pese a todos sus defectos e hipocresías, ha suavizado en Occidente durante siglos la barbarie sanguinaria que muchas otras civilizaciones nunca han superado. Nos guste o no, muchos de nuestros valores actuales -dignidad del ser humano, equiparación de hombres y mujeres, protección de los débiles, igualdad, derechos, voluntariado...- son derivaciones en lo político de ideales cristianos. Pero las revoluciones de los últimos siglos y el actual relativismopostmoderno, al odiar y combatir el cristianismo, han vaciado la bañera junto con el bebé que contenía: la cuestión del Amor. Los totalitarisnos que ello ha producido han sido horripilantes, y los antídotos inventados contra tales (justicia, democracia, solidaridad) no igualan al amor ni de lejos (1). Entonces, si nuestra civilización pierde espiritual, psicológica y culturalmente todo sentido del amor, que tantos siglos nos costó madurar -conduciéndonos, por ejemplo, hasta el humanismo, el psicoanálisis o el respeto a la infancia-, ¿no quedará peligrosamente abierta la puerta hacia un posible retorno a la barbarie  precristiana (en este caso, de forma ultratecnológica)? En ello consiste precisamente la distopía huxleriana-orwelliana.
Muchos pensamos, por extrapolación de nuestras observaciones psicológicas, que si algún día, mágicamente, la mayoría de padres amasen realmente a su hijos, en un par de generaciones el mundo entero se transformaría por completo. Lo que ninguna política, religión ni cría de abejas nos proporcionará jamás (plenitud, paz, tranquilidad), millones de familias amorosas sí podrían conseguirlo en gran medida. Ahora bien, de momento y por desgracia, la institución familiar, el amor de pareja,  la relación entre los sexos y el amor en general, parecen hallarse en caída libre... Lo único que vemos es a millones de pájaros rotos conectados las 24 horas del día a los barrotes-pantalla de sus opiáceas jaulas de oro, enajenados de la libertad, el amor y la vida. ¿Habrá algo que podamos hacer para evitar el gradual holocausto espiritual, psicológico y posthumano que parece augurar dicha situación?
A mi entender, sí hay algo, un primer paso que sí podríamos dar. Un paso diminuto, pero trascendental. De él podrían derivarse muchísimas otras liberaciones... Y es, lector/a, el siguiente. Pálpate el cuello, la espalda, el pecho, el corazón, y si descubres enganchado a ti cualquier horrible tubo negro, cualquier siniestra maraña de gusanos sorbiéndote la vida, infectándote con mil venenos narcóticos... ¡arráncatelos! ¡Desconéctate de todos esos parásitos homicidas! Y... ¡corre a la calle a vivir tu propia vida!
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1. Por ejemplo, lo que hoy llamamos "justicia social", "democracia" o "solidaridad" tiene mucho más que ver con nuestros narcisismos, miedos, odios y/o alianzas contra terceros, que con un verdadero amor a la gente y a la vida.   
Para saber más:
Las cinco tecnologías clave del futuro según Mark Zuckerberg
El apocalipsis del amor (1)
El apocalipsis del amor (y 2)

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