martes, 24 de noviembre de 2015


Esteban Cabal
14 hEditado
Esteban Cabal
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Algunas ideas para reflexionar y debatir.

En esta segunda década del siglo XXI el análisis de la realidad nos ha permitido constatar los siguientes hechos:
El agotamiento de un modelo económico (y energético) insostenible que sitúa a la oligarquía financiera e industrial 
en la cúspide de la pirámide social. Un modelo contaminante y petrodependiente, basado en el terror y la guerra 
permanente, en la mentira y el engaño, en la esquilmación de los recursos naturales y el deterioro de la 
biodiversidad. Un modelo generador de desigualdades sociales, exclusión, violencia, hambre y miseria, 
incompatible con la democracia económica, con los derechos humanos, e imposible de universalizar. Un modelo 
que necesita aplicar métodos cada vez más sofisticados de control social y técnicas de manipulación para su 
mantenimiento y pervivencia. Un modelo depredador, injusto, insolidario y éticamente detestable.
- El agotamiento de un modelo político basado en la democracia formal, representativa, pero cada vez más 
alejado de la democracia real, la democracia económica y la democracia participativa. Un modelo subordinado a la 
oligarquía financiera que ha engordado al monstruo de la burocracia y que ha concentrado el poder político 
decisorio (y el poder económico real) en muy pocas manos, creando instituciones públicas gestionadas por 
políticos profesionales cada vez más corruptos y alejados de la ciudadanía. 
- El agotamiento de un modelo jurídico moldeado por la oligarquía, en el que las leyes casi 
siempre favorecen y protegen a los usureros y penalizan a quienes las desconocen, los más indefensos y 
desfavorecidos. En el que las instituciones que deberían impartir justicia con independencia se encuentran 
sometidas y subordinadas al poder económico y político. En el que los ciudadanos se encuentran atrapados por 
una maraña gigantesca de leyes incomprensibles e imposibles de cumplir. En el que siempre salen ganando 
aquellos que pueden pagar una asistencia jurídica cualificada que no está al alcance de los bolsillos del ciudadano común.

- El hurto sistemático de una parte esencial de la realidad por parte de los grandes medios de comunicación del 
establishment, que actúan al servicio de la oligarquía financiera como instrumentos de manipulación y control social.

En este escenario de dictadura financiera, de dictadura de los mercados, encontramos que:

- Los poderes públicos nacionales e internacionales carecen de autonomía propia en sus decisiones, siguen una 
agenda diseñada por los poderes fácticos económicos, obedecen las órdenes de la elite financiera e industrial 
mostrándose serviles con los lobbys de la industria, a menudo disfrazados de entidades filantrópicas o 
humanitarias.

- La globalización ha sustituido el régimen keynesiano del capital productivo por una dictadura financiera del 
capital especulativo. Los pronósticos que hiciera en 1981 James Tobin, Premio Nobel de Economía, se han 
cumplido: el sistema se ha vuelto inestable y el crecimiento de la economía real ha cesado. Ahora, tras haber 
superado el “pico petrolero” y evidenciar que la oferta de combustibles fósiles ya siempre será inferior a la 
demanda, toca decrecer.

- Tan rápido como los Estados adelgazan, las mega-corporaciones engordan Por efecto de la globalización los 
poderes públicos han reducido su poder y capacidad de mantener el Estado del bienestar mientras que los 
poderes privados se han fortalecido hasta el punto de que prevalecen sobre los primeros y los sustituyen en áreas 
estratégicas (como el control de los recursos naturales).

- Las privatizaciones impuestas por los poderes fácticos financieros que minan nuestros derechos y deterioran 
nuestro medio ambiente y calidad de vida no solo afectan a recursos esenciales como el agua. Las grandes 
corporaciones están logrando que los Estados transfieren sus competencias en áreas de gestión social 
privatizando los servicios básicos (transporte, salud, educación, deporte, seguridad, comunicación, cultura…).

- La independencia de los tres poderes, el ejecutivo, el legislativo y el judicial, sólo existe sobre el papel. En 
realidad todos obedecen al único poder real, el poder de la elite financiera e industrial, el poder de los grandes 
bancos y las multinacionales.


- El llamado cuarto poder, el de los medios de comunicación, juega un papel político cada vez más destacado, 
actúa al servicio de la oligarquía financiera e industrial para modelar la opinión pública y controlar a la sociedad. 
No existe, salvo casos marginales, prensa libre e independiente. Los imperios mediáticos de las grandes cadenas 
de comunicación adoctrinan, engañan, intoxican, pervierten la información objetiva convirtiéndola en mercancía al 
servicio de la oligarquía. En realidad su imbricación con los poderes económicos los convierte en extensiones de 
estos, y por ende, en extensiones del poder económico-financiero, el poder real.

- El descomunal e improductivo aparato militar al servicio de gobiernos serviles de la oligarquía financiera e 
industrial consume una gran cantidad de recursos (económicos, energéticos y humanos) de manera totalmente 
injustificada e irracional. Apenas proporciona servicios a la sociedad y sin embargo es la fuente de infinidad de 

catástrofes y sufrimiento humano. Por otra parte ejerce un casi monopolio sobre la 
investigación científica y la innovación tecnológica en la dirección trazada por la elite 
oligárquica, impidiendo el avance científico-técnico que demanda la sociedad civil.
- El sistema “educativo” no es tal. Las escuelas y universidades se han convertido en 
centros de adoctrinamiento y de capacitación técnica y profesional al servicio de la 
oligarquía euro-americana y sus grandes corporaciones multinacionales. Un ejemplo 
paradigmático es la enseñanza médica, que pretende otorgar el monopolio de la salud a 
la medicina alopática moldeada por los cárteles de la industria químico-farmacéutica y 
que relega o proscribe terapias ancestrales, naturales o alternativas de probada eficacia.

- El sistema “sanitario” no es tal. Está completamente degradado y corrompido por una 
industria farmacéutica que se lucra con la enfermedad y que sigue pautas criminales 

convirtiendo lo que debería ser un servicio público esencial en un oneroso negocio. Pese 
al aparente avance de las ciencias de la salud, la realidad es que han hecho del ser 
humano un enfermo crónico desde que nace y su sistema autoinmune está cada vez más 
deteriorado. Estudios y proyecciones recientes como los relativos a la yatrogenia (el mal 

uso o el abuso de medicamentos, causante de uno de cada cuatro ingresos hospitalarios), 
el deterioro de la calidad del esperma o a la cada vez mayor incidencia del cáncer, 
reafirman el fracaso del actual sistema sanitario que olvida la prevención, abusa de 
sustancias químicas agresivas y trata la salud de manera alopática (actuando 
superficialmente sobre los síntomas, sin tener en cuenta el verdadero origen de las 
patologías). El actual sistema sanitario es incompatible con el cumplimiento del 
juramento hipocrático por parte de los profesionales de la salud.


- El sistema agro-alimentario también está totalmente controlado por multinacionales 
que anteponen sus balances y beneficios a la salud de la tierra y de las personas. La 
globalización económica ha supuesto un verdadero golpe de estado que ha condenado al 
hambre y la miseria a miles de millones de personas. El nuevo modelo productivo agro-
soberanía alimentaria, está acabando con la biodiversidad genética, y la introducción de 
tecnologías peligrosas como la ingeniería genética (los cultivos transgénicos) suponen 
una seria amenaza para la supervivencia del planeta y de la humanidad.
- El tejido social asociativo tiende a dejar de abogar por los derechos y las libertades de 
los ciudadanos. Muchas instituciones religiosas, caritativas, sociales o sindicales 
supuestamente altruistas pero totalmente dependientes de subvenciones públicas y 
privadas han dejado de proteger a los ciudadanos de los abusos del Estado y los excesos 
del Mercado, plegándose por completo a los intereses políticos y económicos de la 
oligarquía. La sociedad civil se halla completamente indefensa justo en el momento que 
más necesita de un contrapoder que preserve su dignidad.


En este contexto no es extraño que la ciudadanía haya dejado de confiar en sus 
gobernantes, en las instituciones de todo tipo, en las entidades financieras, en las 
corporaciones, en los partidos tradicionales, en los medios de comunicación, en los 
sindicatos y en las asociaciones no gubernamentales, y que trate de organizarse de forma 
horizontal para rediseñar el sistema, reivindicar nuevos valores y afrontar la crisis 
sistémica cambiando sus hábitos y costumbres.

No es extraño que surjan movimientos de indignación y denuncia, como el que 
representa el 15-M en nuestro país, que exigen “democracia real ya”, y que advierten que 
“no somos mercancía en manos de políticos y banqueros”.

Frente al colapso del sistema capitalista y para prevenir las dramáticas consecuencias 
que podría acarrear, es urgente y necesario emprender cambios estructurales que nos 
permitan alejar del horizonte la pesadilla orwelliana y recuperar la confianza en el 
futuro.

Es necesario reorientar la economía hacia un horizonte de equidad y sostenibilidad:

- Transformar radicalmente el sistema bancario que ha institucionalizado la usura. 
La banca debe estar al servicio de la ciudadanía y no al revés. Se debe abolir el sistema 
de banca fraccionaria que permite a las entidades financieras crear dinero de la nada y 
onvertir los pasivos en activos. La banca no debe invertir el dinero de los ahorradores o 
depositarios como si fuera suyo, apropiándose de plusvalías e intereses sin socializar las 
ganancias. Y menos aún socializando las pérdidas cuando las hay. La banca privada, 
usurera, de inversión y negocios, debe ser sustituida por una banca pública, ética, con 
responsabilidad social, que permita el desarrollo de iniciativas económicas y 
empresariales sin parasitarlas. El mercado de futuros y el apalancamiento especulativo 
deben ser abolidos. La banca debe volver a ser un servicio público no lucrativo.

- Rediseñar el sistema monetario convertido hoy en una estafa monumental en virtud de 
la emisión privada de ingentes cantidades de dinero “fiat”, sin ningún valor intrínseco. 
El dinero ha dejado de ser el fiel reflejo de la riqueza real para convertirse en algo virtual, en 
deuda, gracias a la abolición del patrón oro en los años 70 y al desarrollo del sistema de 
banca fraccionaria en manos de entidades privadas. La masa monetaria en su sentido 
más amplio ronda ya los 1.000 billones de dólares (aunque el Banco de Basilea sólo 
ejerce su control sobre 600 billones) y el dinero líquido apenas representa un 5% de esa 
cantidad, un porcentaje ridículo. La masa monetaria debe reducirse hasta nivelarse con 
la riqueza real, que no supera los 60 billones anuales a nivel planetario en términos de 
Producto Interior Bruto. 

- La instauración del dólar como moneda internacional en virtud de los acuerdos de 
Bretton Woods de 1944 benefició enormemente a Estados Unidos, permitiendo su 
consolidación como primera potencia mundial, y acentuó las desigualdades sociales y 
territoriales, el divorcio norte-sur. La solución no pasa por la aparición de nuevas 
monedas de reserva, o internacionales, como el euro, sino por la extinción de todas las 
monedas internacionales “fiat” o fiduciarias y por el desarrollo de sistemas monetarios a 
escala local o regional y la implementación de monedas complementarias y bancos de 
tiempo. Las reservas estatales deberían ser cada vez menos monetarias y más basadas en 
recursos tangibles y consumibles: metales, energía, agua, alimentos… Mientras no 
existan y se apliquen fórmulas de gobernanza global horizontal verdaderamente 
públicas, transparentes y democráticas las naciones no deberían renunciar a su 
soberanía monetaria.

- La mayor parte de la emisión monetaria se encuentra en manos de corporaciones 
privadas, como la Reserva Federal de los EE.UU que no es un verdadero banco central 
sino un banco privado. Incluso los bancos centrales supuestamente públicos están 
amparados por una legislación que les confiere plena autonomía y les aleja del control 
de las instituciones públicas democráticas. El control sobre la emisión de moneda y los 
bancos centrales debe retornar al ámbito público, a los gobiernos, a los representantes 
de la soberanía popular. Los bancos centrales no son necesarios, y menos aún los bancos 
centrales privados. Deben ser abolidos y sustituidos por el Tesoro (para la emisión de 
moneda) y la banca pública crediticia. El Banco de Basilea o Banco Internacional de 

Pagos (BIS) debe ser disuelto y, en todo caso, nuestro país no debe seguir formando 
parte de su estructura, que actualmente incluye a 56 países. También debe desaparecer 
el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, instituciones emanadas de los 
acuerdos de Bretton Woods de 1944 que han actuado y siguen actuando de forma 
criminal al servicio de la oligarquía financiera-industrial, forzando la aplicación de 
recetas neoliberales que han empobrecido a numerosos países sin llegar a resolver sus 
verdaderos problemas estructurales.

- Estructuras militares transnacionales como la OTAN solo tienen su razón de ser en la 
defensa de los intereses de una oligarquía cada vez más financiera-especulativa y cada 
vez menos industrial-productiva. La OTAN debe desaparecer, España debe abandonar 
cuanto antes su estructura militar. Pero además es necesario disminuir los gastos 
militares, adelgazar todo tipo de ejércitos, que hoy consumen enormes recursos y son 
menos necesarios que nunca. Bastaría con reducir de forma gradual y racional el gasto 
militar mundial para erradicar en muy pocos años el hambre en el mundo.

- Continuando con la reducción del gasto público, las casas reales deber ser erradicadas 
en todo el globo ya que son instituciones anacrónicas, obsoletas y contrarias a los más 
elementales principios democráticos. La monarquía contradice el precepto constitucional 
que dice que todos somos iguales ante la ley y el principio democrático de igualdad de 
oportunidades.

- Los paraísos fiscales, refugio de evasores, defraudadores, narcotraficantes y 
delincuentes internacionales, deben desaparecer. Los bancos y megacorporaciones que 
mantengan cuentas en paraísos fiscales deberían ser penalizados fiscalmente e 
intervenidos para determinar su responsabilidad social y penal poniendo fin a la 
opacidad de sus cuentas.
- Un nuevo sistema contable que impida la opacidad, el fraude y la ocultación debe ser 
implantado. Las SICAV deben tributar a un tipo impositivo normalizado, equiparable al 
resto de entidades privadas. Las grandes fortunas tienen que tributar a tipos equitativos 
para poder redistribuir la riqueza.
- Proponemos gravar las transacciones internacionales con una tasa del 0,1% que contribuya a la redistribución de la riqueza mediante la implantación de una Renta Básica Universal.

Algunas conclusiones:Una de las principales consecuencias de la globalización 
económica, además de la precarización social, la degradación ambiental y la uniformización cultural, es la disminución o desaparición de las soberanías nacionales, lo 
que por primera vez nos hace vislumbrar el fin de la era de las naciones-Estado iniciada 
con la independencia de los Estados Unidos en 1783 y la Revolución Francesa en 1789.
La ONU está integrada por 193 países. Sin embargo, más allá de las apariencias y los 
formalismos, ya no se trata de naciones-Estado sino de administraciones territoriales 
desprovistas de soberanía plena.Lo que en realidad estamos contemplando en este 
momento histórico es el nacimiento de un nuevo modelo político, destinado a sustituir al viejo modelo de las naciones-Estado. Un modelo que se consolida a medida que la 
globalización despoja a los países de su soberanía y se configura un sistema de 
gobernanza mundial. 
El “Nuevo Orden Mundial” que todos los últimos presidentes y primeros ministros 
occidentales anuncian efusiva y reiteradamente desde el atentado de 2001 contra las 
Torres Gemelas no es más que el nombre con el que la elite de las altas finanzas ha 
bautizado su proyecto político cuya finalidad última es el establecimiento de un 
Gobierno Mundial, lo que implica la desaparición, después de dos siglos, de las naciones-
Estado, los países soberanos.
En última instancia, la globalización es un proceso de transferencia de soberanía desde 
las naciones-Estado hacia corporaciones privadas o instituciones transnacionales o internacionales.

El concepto de “soberanía nacional” fue acuñado en la Revolución Francesa y tuvo su 
plasmación por primera vez en el artículo 3 de la Declaración de los Derechos del 
Hombre y del Ciudadano: "toda soberanía reside esencialmente en la nación". La 
soberanía es el ejercicio de la autoridad. El diccionario de la Real Academia Española 
define la soberanía como la autoridad suprema del poder público.

Si bien Rousseau fue el creador del concepto de soberanía popular, fue Sieyès, uno de los 
teóricos de las constituciones de la Revolución Francesa y de la era napoleónica, quien se 
encargó de desarrollar la noción de soberanía nacional. Para Sieyès, la soberanía está 
radicada en la nación y no en el pueblo, ya que también se debe tener en cuenta el legado 
histórico y cultural, y los valores bajo los cuales se ha fundado dicha nación.
En el ámbito del derecho internacional, la soberanía se refiere al derecho de un Estado 
para ejercer sus poderes. La violación de la soberanía de un país puede dar lugar a un 
conflicto bélico.
En la actualidad las naciones-Estado tienen una capacidad cada vez más limitada para 
“ejercer su autoridad”, mientras que las grandes corporaciones privadas y las 
instituciones globales o multinacionales tienen cada vez mayor poder de decisión sobre 
las cuestiones fundamentales que afectan a la ciudadanía.

Las naciones-Estado -y sus órganos “soberanos”- han quedado reducidas a su mínima 
expresión, se han convertido en una caricatura de lo que antaño fueron. Ningún país 
tiene verdadera libertad para legislar, no ya solo por la obligatoriedad de respetar 
multitud de acuerdos y tratados internacionales o transnacionales sino por el chantaje 
permanente al que se ven sometidos por parte de los mercados y los lobbys privados.

La interdependencia económica y tecnológica instituida a través de la globalización 
convierte a las naciones-Estado en rehenes de los poderes fácticos. Por otra parte, el 
creciente endeudamiento de los Estados acentúa su subordinación respecto a “los 
mercados” eufemismo utilizado para referirse a los banqueros internacionales.

La crisis sistémica -económica y financiera- que estalló en 2008 está acelerando aún más 
esa transferencia de soberanía, el “Gobierno Mundial” ha dejado de ser una quimera y ha empezado a tomar cuerpo a través de corporaciones privadas que ejercen auténticos 
oligopolios sobre sectores estratégicos de la economía gracias al imparable proceso 
privatizador inherente a la globalización.

Las naciones- Estado ya no controlan la gestión de los recursos naturales, las materias 
primas, la energía. Por ejemplo, la soberanía alimentaria les ha sido arrebatada a través 
de multinacionales como Monsanto que controlan la producción agropecuaria, la 
distribución de los productos y el mercado de las semillas. Un grupo de 10 mega-
corporaciones semisecretas, que ni siquiera cotizan en bolsa, controlan casi por completo 
el mercado mundial de materias primas.

Otro ejemplo paradigmático lo tenemos en la producción energética, cada vez más 
alejada del control público. El abastecimiento energético es vital y está en manos de muy 
pocas corporaciones privadas, lo que convierte a los Estados en dependientes de los 
poderes privados, limitando su soberanía.

Por otra parte, las multinacionales químico-farmacéuticas poseen la patente de los 

principales medicamentos y ejercen un monopolio efectivo sobre la salud, lo que invalida 

la capacidad de los Estados para gestionar el ámbito sanitario, máxime cuando la 
enseñanza y la investigación dependen por completo de las aportaciones de estas 
empresas privadas.

También podemos hablar del agua potable, que por imposición del Banco Mundial, el 
FMI y el G-8 está siendo sometida a un acelerado proceso de privatización en todo el mundo. Si las naciones-Estado ni siquiera pueden gestionar sus acuíferos, ¿qué queda de su soberanía?


Instituciones como la OTAN o el Consejo de Seguridad de la ONU, con sus cada vez más 

pertrechados y activos Cascos Azules, limitan la soberanía de las naciones en materia de 
seguridad. Ya no son necesarios los ejércitos nacionales.

Los conflictos internacionales e incluso los propios de cada nación (como vimos en el 
caso del derrocamiento del gobierno libio de Gadafi), son cada vez más competencia de 
estas instituciones militares que tienden a configurar un Ejército Mundial único. De 
hecho existe un proceso silencioso y silenciado de desmantelamiento de las estructuras 
militares nacionales, cada vez más subordinadas a organismos globales.

Pero quizás donde se hace más patente la merma de la soberanía nacional es en política 
monetaria. Muchos gobiernos han cedido la capacidad legal de emisión de moneda a 
corporaciones privadas o semiprivadas. El público en general desconoce esta realidad, 
pero lo cierto es que la Reserva Federal de los Estados Unidos es un consorcio privado, 
integrado desde su fundación por 13 bancos privados de Europa y América.

Otros muchos Bancos Centrales, como el de Inglaterra, son igualmente privados. 
También es poco conocido el papel que juega el Banco Internacional de Pagos (el BIS o 
Banco de Basilea, con sede en Suiza), que es el Banco Central de los Bancos Centrales, y 
del que dependen en buena medida las políticas monetarias de la mayoría de los países. 
El BIS es una poderosa herramienta globalizadora en manos de corporaciones privadas y trabaja en detrimento de las soberanías nacionales.
Tampoco podemos olvidar que muchos de los países europeos han cedido su soberanía 
monetaria al Banco Central Europeo con sede en Frankfurt, Alemania. Y todos los 
economistas coinciden en señalar que sin soberanía monetaria no puede existir 
independencia económica ni soberanía política.

De ahí que la crisis del euro solo pueda tener como desenlace lo que se conoce como 
“gobernanza económica europea”, que consiste en la cesión de la soberanía fiscal y 
económica de los países europeos a una entidad no democrática cuyo funcionamiento no 
es transparente ni está expuesto al escrutinio público: la Comisión Europea.

En un mundo sometido a la dictadura de los mercados, donde el verdadero poder 
efectivo no reside en el pueblo, ni siquiera en las naciones, sino en corporaciones 
privadas globales, ¿qué soberanía, qué autoridad, le queda a los Estados? Los políticos ya 
no gobiernan, solo administran, son meros gestores al servicio de las grandes 
corporaciones que, por otra parte, son quienes financian sus campañas electorales. Las 
“democracias” han dejado de serlo.

Tan rápido como los Estados adelgazan, las corporaciones engordan. Los Estados 
transfieren competencias a las empresas, áreas de gestión. Privatizan los servicios 
(transporte, salud, educación, deporte, seguridad, comunicación, cultura…) y los 
recursos naturales (agua, petróleo, electricidad, minerales.

Hoy la facturación de algunas corporaciones es infinitamente superior a los presupuestos 
anuales de muchos gobiernos medianos y grandes, incluso supera el Producto Interior 
Bruto de muchos países. Por volumen de negocios (ingresos versus IPC), Nestlé es más 
grande que Nigeria, Unilever es más grande que Pakistán, Volkswagen es más grande 
que Nueva Zelanda, BP es más grande que Venezuela, IBM es más grande que Egipto, 
General Electric es más grande que Filipinas, Ford es más grande que Portugal, Exxon es más grande que Grecia, Shell es más grande que Arabia Saud. Cualquier gran banco 
es más grande que muchos países. Y todas las mega-corporaciones juntas son mucho 
más grandes que todos los países juntos.
Si incluimos el vaporoso mercado de derivados del cártel financiero, la masa monetaria 
mundial es de casi 1.000 billones de euros (un billón son un millón de millones), 
mientras que la riqueza mundial, el Producto Interior Bruto, es de 60 billones. La 
desproporción es de vértigo. La diferencia es de 16 a 1. El capitalismo ha descarrilado y 
el choque puede ser brutal. 

Vacías de contenido, de competencias efectivas, las naciones-Estado son cáscaras 
huecas, cadáveres, un emergente poder privado global ha decretado su caducidad y 
tenderán progresivamente a desaparecer. 

Por tanto, después de 200 años de vigencia de un modelo político mundial basado en los 
Estados-nación, nos encontramos por primera vez ante la aparición de un nuevo modelo 
que amenaza a la humanidad con desmantelar el Estado del Bienestar (consolidado a través de un siglo de luchas y conquistas sociales), y con la instauración de un Gobierno 
Mundial privado de corte plutocrático.

La caída del muro de Berlín en 1989 puso fin a la guerra fría y a un mundo bipolar. 

Muchos creyeron adivinar el advenimiento de un mundo unipolar, dominado por 
occidente, con Estados Unidos a la cabeza. Sin embargo la globalización ha tenido 
también otra consecuencia colateral: la irrupción de los llamados “países emergentes” en 
la escena internacional. Con los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) el mundo 
es geopolíticamente diverso, multipolar.

Obviamente, un mundo multipolar es una amenaza para el proyecto de la elite globalista: 
el Nuevo Orden Mundial es, por definición, unipolar. Esta es la razón por la que estamos 
ante una especie de segunda guerra fría y existe una creciente tensión entre las fuerzas 
globalistas plutocráticas y los países emergentes, en cuyo campo no solo militan los 
países del BRIC, sino también muchos otros como Venezuela, Irán Sudáfrica, Myanmar, 
Vietnam, etc., que por sus recursos confieren un extraordinario poder al polo opuesto al 
cártel de los banqueros internacionales.


En medio de este escenario geopolítico, ¿debemos oponernos al Nuevo Orden Mundial, 
un Gobierno Mundial que implica la desaparición definitiva de las naciones-Estado

La globalización económica ha sido, está siendo, catastrófica para la mayoría de las 
economías nacionales y para la biodiversidad, y nos conduce irremediablemente al 
colapso social, económico y ecológico generalizado. Sin embargo, es cierto que los 
problemas sociales y ambientales no tienen fronteras, por lo que necesitamos debemos 
ser “nacionalistas” en lo económico, otorgando el máximo poder en éste ámbito a las 
instituciones locales y regionales, pero favoreciendo una cierta globalización política en 
materia de derechos, de justicia social y ambiental.

Cierto es que las naciones-Estado es un modelo artificial, agotado e inapropiado para el 
mundo del siglo XXI. Lo que en ningún caso podemos favorecer es la plutocracia, el 
advenimiento de un gobierno mundial privado de las elites globalistas que quieren 
acabar con el Estado del Bienestar y retrotraernos a la edad media, reinstaurando la 
esclavitud, aunque sea una esclavitud consentida gracias a sus sofisticadas técnicas de 
distracción y control social. En ese sentido, el polo que configuran los BRICS y sus 
aliados potenciales supone un antídoto para frenar el peligrosísimo avance del proyecto 
político plutocrático de la oligarquía euro-americana.

Hoy por hoy los BRICS no constituyen un proyecto global alternativo, no existe el riesgo 
de que transitemos de forma abrupta desde la hegemonía de los Estados Unidos y sus 
aliados hacia la hegemonía de una nueva superpotencia como China. Desde luego, no 
podemos compartir el modelo político de China, ni de Rusia, ni de ninguno de los países 
emergentes, tanto por sus déficits democráticos como por su insuficiente sensibilidad 
social y ecológica; no podemos alinearnos sin más a favor de los BRIC, pero debemos ser 
conscientes de que su fuerza aleja el fantasma de la pesadilla orweliana que representa el 
cártel de los banqueros internacionales y las mega-corporaciones.

A estas alturas de la crisis mundial, económica, energética y ecológica, es obvio que 
necesitamos un nuevo modelo de desarrollo, un sistema productivo más sostenible, lo 
que ineludiblemente pasa por el decrecimiento. Esto implica acabar con la economía de 
casino, la desregulación y la especulación sin límites que nos ha llevado al divorcio entre 
la riqueza real y la masa monetaria en su sentido más amplio.

Hay que poner fin al actual sistema bancario y monetario, a la supremacía del dólar 
como moneda internacional, acabar con el mercado de los derivados financieros, con la 
delirante macro estafa de los CDS, cuyo volumen de negocios (700 billones de euros) es 
12 veces superior a toda la riqueza mundial, eliminar los paraísos fiscales que custodian 
más de 10 billones de euros de dinero negro, los privilegios de las grandes fortunas, y tal 
vez suprimir los Bancos Centrales, racionalizar la producción y el consumo, frenar el 
deterioro ecológico y buscar solución al inminente fin del petróleo barato (el pico 
petrolero), cambiando el modelo económico y energético petrodependiente por un 
modelo basado en la equidad social, la responsabilidad ambiental, la descentralización 
económica y energética, implementando necesariamente la eficiencia y las energías renovables.

Esto que parece tan evidente constituye el mayor desafío de la humanidad en este siglo 
XXI. Pero tampoco debemos olvidar que el sistema capitalista actual, tal como nos 
revela el poco conocido Informe Iron Mountain, es un sistema basado en el miedo y la 
guerra permanente, y que sustituirlo por un sistema más justo, basado en la solidaridad, 
los derechos humanos y la paz, es un reto impostergable que sólo puede ser afrontado 
con éxito desde un cambio radical de conciencia, erradicando la usura y la corrupción, 
impregnando de nuevos valores a las instituciones políticas y económicas, lo que 
requiere enormes dosis de sentido común y perspicacia.

El capitalismo puede y debe ser sustituido porque es incompatible con la paz y los 
derechos humanos. Pero la alternativa a la “soberanía nacional” de Sieyés sigue siendo la 
“soberanía popular” de Rousseau, la democracia directa, transparente, participativa, y de ningún modo nos podemos encomendar al gobierno plutocrático de las elites. A la 
sociedad de consumo sólo puede sucederle la sociedad del conocimiento.
El capitalismo ha caducado. Y nos deja como herencia un mundo de pobreza y 
desigualdades, de ignorancia, de violencia, de destrucción de los recursos naturales, de 
deterioro irreversible de la biodiversidad y de usura. Se trata en definitiva de superar el 
actual desorden mundial estableciendo un nuevo contrato social justo y sostenible que 
garantice la paz, el bienestar, la democracia participativa, la protección de la naturaleza y 
los derechos sociales.
Esteban Cabal

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