domingo, 11 de enero de 2015

"La despedida de Jerónimo Melrinho", por José Saramago

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"La despedida de Jerónimo Melrinho", por José Saramago
Soy nieto de un hombre que, al presentir que la muerte estaba a su espera en el hospital a donde lo llevaban, bajó al huerto y fue a despedirse de los árboles que había plantado y cuidado, llorando y abrazándose a cada uno de ellos, como si de un ser querido se tratara.
Este hombre era un simple pastor, un campesino analfabeto, no un intelectual, no un artista, no una persona culta y sofisticada que hubiera decidido salir del mundo con un gran gesto que la posteridad registraría. Se diría que estaba despidiéndose de lo que hasta entonces había sido su propiedad, pero su propiedad eran también los animales de los que vivía y no se acercó hasta ellos para decirles adiós. Se despidió de la familia y de los árboles como si todo fuese para él su familia.
Este episodio sucedió. Fue real, no es fruto de mi imaginación. En muchos años jamás oí de boca de mi abuelo palabra alguna sobre árboles en general, y ésos en particular, que no estuvieran motivadas por razones prácticas… Luego no podría esperar (nadie podría esperarlo) que la última manifestación consciente de la personalidad del viejo hombre, tocara la línea de lo sublime. Y sin embargo sucedió.
Nunca podré saber qué pasó en el espíritu de mi abuelo en aquella hora extrema… Qué pensó o sintió, qué llamada urgente encaminó sus pasos inseguros hasta los árboles que lo esperaban… Tal vez, porque sabía que los árboles no se pueden mover, que están sujetos a la tierra por las raíces y de ellas no pueden separarse, a no ser para morir. En el fondo de su corazón tal vez mi abuelo supiera (de un saber misterioso, difícil de expresar con palabras), que la vida de la tierra y de los árboles es una sola vida…
Ni los árboles pueden vivir sin la tierra, ni la tierra puede vivir sin los árboles. Incluso hay quien afirma que los únicos habitantes naturales del planeta son ellos, los árboles. ¿Por qué? Porque se nutren directamente de la tierra, porque la agarran con sus raíces y por ella son agarrados. Tierra y árbol, aquí está la simbiosis perfecta.
Defender los árboles es defender la tierra. Mi abuelo ya lo sabía, y no sabía ni leer ni escribir. Un viejo analfabeto me dio la mejor de las lecciones. Aquí la dejo ofrecida, si piensan que es justa y humana. Sé que para algunos ya lo ha sido: me dicen que en Puerto Rico una manifestación de defensa de un bosque que los intereses especulativos querían talar se hizo bajo la pancarta que llevaba el nombre de mi abuelo Jerónimo, y que como él, las personas se abrazaron a los árboles con tanta fuerza que el bosque se salvó. Sé que una alameda en Castril, un pueblo de Granada, lleva el nombre de Jerónimo Melrinho, y esa alameda, con ese nombre, se mantiene desplegada como la bandera más hermosa.
A unos por la lección, a otros por el mantenimiento del ejemplo, a otros por la severa atención con que miran el mundo, les digo gracias. Y seguimos en ello porque hay motivo.
"La despedida de Jerónimo Melrinho", de José Saramago.

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