martes, 1 de marzo de 2011

CALDERAS DE BIOMASA


Como los restantes tres millones y medio de habitantes de Madrid, Carmen ha sido víctima de la tremenda contaminación que envenenó la ciudad durante la primera quincena de febrero. Con el agravante de que, a sus 75 años, ese aire viciado e irrespirable se convirtió en el peor enemigo del asma que padece y la obligó a mantenerse recluida en su casa hasta que el viento y la lluvia hicieron el trabajo de limpieza que el Ayuntamiento no quiere hacer. Carmen sabe bien que esa contaminación está causada por el intenso tráfico de Madrid, y que otro responsable es el humo liberado por las decenas de millares de calefacciones de la ciudad. También sabe que hay alternativas. La edad no le ha restado un ápice de lucidez y en la última reunión de vecinos planteó la conveniencia de sustituir la vieja caldera de gasoil del edificio por otra de biomasa. Como explicó a sus vecinos, una caldera no es sino una máquina para generar calor. La única diferencia es que mientras las convencionales queman gasoil, gas natural o carbón, las de biomasa queman pellets u otros restos de origen forestal o agrario, como huesos de aceituna, cáscaras de almendra, etc. No hay que cambiar ni radiadores ni otros elementos de la instalación. El calor es el mismo y el agua alcanza la misma temperatura. La gran diferencia es que los gases resultantes de la combustión de biomasa se componen, básicamente, de vapor de agua y CO2 neutro (el CO2 que producen es el mismo que absorbió la planta durante su crecimiento, no se trata de un CO2 que no existía antes en la atmósfera). Y la presencia de compuestos de nitrógeno, azufre o cloro es muy baja. Solo con que una parte del parque de viviendas de nuestras ciudades se cambiaran a la biomasa, o utilizaran otras tecnologías limpias, como la solar térmica, la geotérmica o el biogás (en función de las posibilidades de cada edificio), para cubrir al menos una parte de sus necesidades de calefacción y el agua caliente, se daría un paso de gigante a favor de la sostenibilidad del medio urbano (y, de paso, de su asma, piensa Carmen). Por supuesto, el cambio de caldera implica un coste, pero existen subvenciones, que pueden llegar hasta el 50% del precio total de la instalación dependiendo de cada comunidad autónoma, que son las que los conceden.
Esos pellets que alimentan las calderas de biomasa como la planteada por Carmen se fabrican en pueblos como Villafranca, una villa de 3.000 habitantes situada en la ribera Navarra, y se han convertido en fuente de empleo y riqueza para el medio rural. Tanto por los puestos de trabajo relacionados con la fabricación de este combustible natural como con las vinculadas a la limpieza y mantenimiento de las masas forestales. También están contribuyendo a que los ayuntamientos que han apostado por la biomasa para caldear los edificios municipales (colegios, centros deportivos, bibliotecas…) vean mejorada su situación financiera gracias al ahorro en la factura energética, como ha demostrado un estudio realizado por la Asociación Española de Valorización Energética de la Biomasa (Avebiom), que ha analizado el peso de los proyectos bioenergéticos en el Plan Español para el Estímulo de la Economía y el Empleo (Plan E). Aprovechar la biomasa residual de nuestros montes para convertirla en energía tiene otra gran ventaja: ayuda a gestionar los montes de manera sostenible y a reducir los incendios forestales. Esos fuegos queman, cada año, entre un 0,2 y un 1,6 por ciento de nuestro patrimonio forestal, produciendo, además del desastre ecológico, unas pérdidas equivalentes a 1.800 millones de euros, según estimaciones realizadas por WWF/Adena.
Hay más ventajas. La biomasa, como el resto de las fuentes de energía renovable, es un recurso autóctono, no hay que traerla de fuera. En consecuencia, cuanto más usemos estas fuentes, menos tendremos que importar combustibles del exterior y menos vulnerables seremos a las escaladas del precio del petróleo (y del gas natural) como a la que ahora estamos asistiendo a raíz de la lucha por la libertad que sacude el mundo árabe. Sólo en 2010, la subida del precio del petróleo costó a España 6.000 millones de euros. Una cifra equivalente a 4,7 veces todo el presupuesto de La Rioja para 2011; a cuatro veces lo que el Gobierno estima ahorrar con la congelación de las pensiones; o a tres veces lo que el Gobierno hurta a las renovables para reducir el déficit tarifario . Y este año de 2011, con el barril de brent (el que utilizamos de referencia) ya por encima de los 107 euros, promete aún ser peor. Por eso, por todas estas razones (y algunas más que se podrían añadir) yo, como Carmen, quiero un caldera de biomasa.

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