martes, 11 de mayo de 2010

Los chalés de El Escorial rodean un poblado que rehabilitaron jóvenes antisistema

Primero comenzaron a hundirse los techos. Luego robaron las campanas. El expolio se convirtió en algo natural. Desapareció hasta la pila bautismal de la iglesia. Y lo que no se llevaron los hombres lo rompieron el hielo y la hiedra. Hasta que hace una década un grupo de okupas llegó al abandonado Navalquejigo y comenzó a recuperar las casas en ruinas. El poblado volvía a estar habitado.

La iglesia, sin techo, preside el pueblo rodeada de furgonetas
La historia de la aldea y sus tierras está repleta de pleitos
Entre los años cincuenta y los noventa, Navalquejigo, pedanía de El Escorial víctima del éxodo rural, permaneció desierto. Su actual ocupación sigue envuelta en disputas legales. Por ahora, la treintena de habitantes que se reparten entre casas medio rehabilitadas y caravanas vive tranquila a pesar de que sobre los diez que la policía desalojó temporalmente en 2007 todavía pesa una demanda. De momento no han podido echarles, pero el ladrillo ya les apremia. Las urbanizaciones vecinas han crecido tanto, especialmente la de Los Arroyos, que okupas y propietarios de exclusivos chalés pueden ir a pedirse sal unos a otros cuando les falte.
Para llegar al poblado es preciso bajar en el apeadero de Las Zorreras. Una vereda de tierra arranca bajo los zumbidos de la estación eléctrica. En cinco minutos se parte en una bifurcación: a la izquierda queda un paisaje druídico, de muretes de piedra, árboles mohosos y zarzas que salen al sendero como arañas; a la derecha, una pintada da la bienvenida al territorio okupa.
Lo preside la iglesia, con su espadaña a medio derruir. Alrededor se amontonan furgonetas y una combinación de casas rehabilitadas con otras que apenas se mantienen en pie. Óscar está cargando su coche para bajar a Madrid al ensayo de su grupo de circo. Tiene algo de celta, enorme y rubio, con un piercing enganchado al labio como un anzuelo con el que le acabaran de arrancar del bosque. Saluda afablemente. Es uno de los veteranos de la ocupación, pero tiene prisa e invita a visitar a otros vecinos.
Efectivamente, en una casa con ropa tendida en el exterior y un cartel de "Hay pan", fuma una decena de hombres entre 20 y 30 años. Sólo hay una mujer; a sus pies, una pareja de perros sieteleches. La atmósfera es cálida, mientras fuera llueve suavemente. Miguel, uno de los okupas, explica la infinidad de actividades culturales que organizan y cómo intentan atraer a vecinos de toda la sierra empapelando sus pueblos de carteles. "Y con el dinero que sacamos, pagamos algunas mejoras para los huertos y, sobre todo, el abogado de los compañeros encausados por el desalojo de hace unos años", explica. Esos compañeros deben defenderse de la denuncia del propietario que compró Navalquejigo por 110 millones de las antiguas pesetas (unos 660.000 euros) cuando a principios de los noventa colgaba sobre él un cartel de "Se vende". Un episodio más en la historia repleta de pleitos de esta aldea. Durante siglos, Galapagar y El Escorial se disputaron sus tierras, llenas de árboles (los quejigos) y caza (los raposos de Las Zorreras).
El pueblo se recorre en unos pasos. El suelo aparece regado de triciclos y juguetes de niño, mazas de circo y troncos para las estufas de leña. La picota observa en medio de la antigua plaza, a unos metros de los restos del ayuntamiento. Lo que queda de la iglesia, original del siglo XIII, son unos muros de piedra. Se siguió utilizando hasta los años ochenta, cuando la sustituyó la de Los Arroyos. Los okupas cuentan que por ella venía Mario Conde con su fallecida esposa, Lourdes Arroyo, cuya familia era propietaria del suelo donde se levantó la urbanización. Dentro de la iglesia -un cubo destechado repleto de matorrales- queda a la izquierda una abertura en el muro. Es el acceso mediante una estrecha escalera de caracol al campanario. Desde lo alto se ven a unos metros los chalés de Los Arroyos. A los okupas les separa de la urbanización un estrecho bosque con las plantas más inesperadas: las palmeras, los membrillos japoneses y cerezos de un inmenso vivero que abastece a los ayuntamientos de la zona.
Caminar hasta la urbanización, con unos 4.000 habitantes, representa un contraste notable. Un ejército de operarios municipales se ocupa de las zonas verdes. Las calles aparecen custodiadas por setos altísimos. Ya no huele a campo.
En la fachada de un centro comercial, un cartelón presenta una escuela que enseña violín con el método Suzuki. En el parque de enfrente hay una pista de pádel; al lado, una farola con un cartel para comprar "preciosos gatitos persas puros". Si el anuncio funciona, se quedarán en la urbanización. Serán vecinos de los perros sieteleches.

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